Recorrer la historia de la Iglesia es contemplar entrelazada la gracia y el pecado, como el trigo y la cizaña de la parábola. Vivimos tiempos recios, aunque disiento de aquellos que piensan que son muy diferentes a los de otras épocas (de otras épocas malas, quiero decir). La actualidad de la Iglesia se mueve entre lo estrafalario y lo escandaloso. No hace mucho tiempo, leía un documento de mi iglesia diocesana donde sus autores intentaban explicar el presente y el futuro de nuestras comunidades, con esa jerga imposible de pedagogía barata y enredadora, cursi y hueca, modernoide y sin cuerpo. Llegué a una conclusión: "eso" no pertenece ni a mi fe ni a lo que yo entiendo por la Iglesia. Pero reflexionaba yo... ¿y cuál es la alternativa? Busqué en el compendio del catecismo de la Iglesia católica y leía:
La Iglesia es la comunidad donde el cristiano acoge la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Ley de Cristo; recibe la gracia de los sacramentos; se une a la ofrenda eucarística de Cristo; transformando así su vida moral en un culto espiritual; aprende del ejemplo de la Virgen María y de los Santos. (429. ¿Cómo nutre la Iglesia la vida moral del cirstiano?).
Bien, esto lo entiendo mejor y es doctrina católica. Lejos de militancias holísticas en las que parece que hay que justificarlo todo, hace tiempo que mi participación eclesiástica se reduce a este sencillo criterio: encontrar a Dios (en la Iglesia -extra ecclesiam nulla salus-). Ese Dios que se ha encarnado en Jesucristo, el mismo del que habla el capítulo 13 de la carta a los hebreros: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8). Capítulo que bien podía sustituir toda la casquería teológica que sufrimos los católicos hoy en día.
Posdata. La foto que encabeza el artículo es el Cristo de Carrizo, procedente del monasterio cisterciense de Santa María de Carrizo de la Rivera. Actualmente se encuentra en el Museo de León. Fuente: Wikipedia

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