Hoy en día parece que solo la alegría es propia de los santos. Obviamos que la tristeza es parte de la experiencia humana. Nos hemos hecho tan mundanos, que nos hemos contagiado de esa alegría efímera, de esa compostura tan falsa que nos lleva tarde o temprano a la hipocresía. Los santos son santos a pesar de la tristeza, la depresión o los múltiples obstáculos que como humanos afrontamos. Esconder estas realidades, acabarán asfixiando nuestra fe, porque la harán humanamente imposible.
Hay un episodio de la vida de santa Teresa de Jesús que me gusta contemplar especialmente cuando estoy triste o derrotado. En 1578, la reforma de la Orden del Carmen quedaba prácticamente extinguida. La rama masculina, tras la detención de fray Jerónimo Gracián y la declaración de rebeldía del capítulo de Almodovar del Campo, quedaba desarticulada y sus líderes excomulgados. La rama femenina quedaba en manos de los Calzados y la propia Santa esperaba su traslado a otro convento. Poco antes, había recibido la orden de recluirse en alguna de sus casas y detener sus fundaciones. Primero eligió Toledo, pero ante los acontecimientos, se retiró a San José de Ávila. Allí estaba en 1577 cuando cayó por las escaleras, quedándose manca para el resto de su vida. En las Navidades del siguiente año, la Santa, viendo que su reforma abocaba a su fin, lloraba y quedaba absorta, olvidándose incluso de comer. ¿Acaso no tenía motivos para estar triste? En medio de esa experiencia, cuenta la beata Ana de San Bartolomé, veía como el mismo Jesús le extendía la servilleta, le partía el pan y le daba de comer con sus propias manos. El Señor cuidaba de su Santa también en los momentos de fracaso, de tristeza, de derrota. Él, que había llorado, que había clamado en el Huerto de Getsemaní, que rezó colmado de tristeza en la Cruz, no se olvidaba de Teresa. Él mismo había santificado toda la experiencia humana, también la tristeza.
Todo pasó. Los enemigos de la reforma teresiana fracasaron, y a día de hoy, pocos recuerdan quiénes eran el nuncio Sega, fray Tostado y otros tantos. Pero sabemos quién fue Teresa de Jesús. Ella, tan nuestra, tan como nosotros, pero a la vez, nosotros tan pecadores y tan alejados de ella. Cuando tantas veces me siento derrotado, me gusta leer este episodio de la vida de la Santa. Me anima, me ayuda... y también espero en su intercesión ante un Dios que se pone a servirnos la mesa cuando nosotros no podemos.

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