No, no me he contagiado de la moda mundana de adelantar las fiestas navideñas. No quiero montar un belén, en minúsculas, sino un Belén. Sí, aquel Belén, el Belén de Judá de los evangelios. El Belén en el que solo Dios basta. Rezando el otro día el rosario, me vino al corazón la escena del Señor recién nacido, con la Virgen y san José orando, solo ellos, en la soledad de la noche, en la debilidad humana de no haber podido darle nada más a aquel Dios niño. A ese dejarse caer en las manos de la providencia y tener por voluntad de Dios aquella pobreza. En Belén, todo es de Dios: los ángeles, la estrella, los santos Reyes, los pastores... y también la soledad, el silencio, el no tener nada, el estar apartado de todos. Y pensé... tengo que montar un Belén en mi corazón para el Señor. Tanto ruido, tantas preocupaciones (Marta, Marta...), tanto aparato externo... Dios nos quiere en Belén. Pero no podemos hacerlo nosotros solos. Tenemos que dejarle a Él.

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