Alegoría del Inmaculado Corazón de María, Patricio Morlette,
Museo Soumaya, Ciudad de Méjico.
Allí estaba la esclava del Señor, anonadada, contemplando la inmensa misericordia de Dios guarnecida en un pesebre. En su inmaculado corazón, tal vez meditaba cómo los hombres nos empeñamos en luchar contra Dios, mantener nuestros propios planes, avanzar contra aquel que nos ama... Ella estaba allí, porque Él así lo había querido. Y Ella había dejado hacer a su Dueño. "Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores (...)" (Salmo 122), así Ella se mantenía fija en las manos de su Señor. ¡Qué lección más difícil de aprender! Pero lo que conocemos de su vida fue así... En la Anunciación, en la visitación a su prima Isabel, en Belén, en la presentación al templo... Es el Señor quien lleva la iniciativa. Solo cuando el niño Jesús se perdió en el templo, se dejó invadir por el miedo. ¡Qué escena la madre ante el Hijo! "¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado angustiados." (Lc 2, 48). Pero esta escena nos permitió que se revelara su corazón: "su madre guardaba todos estos recuerdos en su corazón" (Lc 2, 50). En Ella no había lugar para la retórica, se fió de Dios, y se siguió fiando toda su vida. Y allí la encontramos después de la pasión, muerte y resurrección de Cristo: "Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús" (Hch 1, 14).
En la oración, sí, ahí encontramos a María. Ahí, Ella concibió a Cristo; ahí, Ella sirvió a su Hijo. Ahí, Ella le siguió; en la oración, le acompañó hasta la Cruz, y en oración, hasta el sepulcro. Y en la oración, se encontró con Jesús Resucitado. Y orando, recibió el Espíritu Santo, gloria sobre gloria, dejándose llenar de Dios, Aquella que nunca tuvo otro dueño. Así es María, así es su Inmaculado Corazón. Ella nos invita a entrar en él, donde encontraremos a Cristo, su Hijo. No desperdiciemos su invitación, que no están los tiempos para dormirnos. Nos invita a su Inmaculado Corazón, a orar, a reparar, a rogar por los pecadores. Vayamos a María, que la tarde de los tiempos va cayendo, y ya casi es de noche.
¡Inmaculado corazón de María, sed la salvación mía!
En la oración, sí, ahí encontramos a María. Ahí, Ella concibió a Cristo; ahí, Ella sirvió a su Hijo. Ahí, Ella le siguió; en la oración, le acompañó hasta la Cruz, y en oración, hasta el sepulcro. Y en la oración, se encontró con Jesús Resucitado. Y orando, recibió el Espíritu Santo, gloria sobre gloria, dejándose llenar de Dios, Aquella que nunca tuvo otro dueño. Así es María, así es su Inmaculado Corazón. Ella nos invita a entrar en él, donde encontraremos a Cristo, su Hijo. No desperdiciemos su invitación, que no están los tiempos para dormirnos. Nos invita a su Inmaculado Corazón, a orar, a reparar, a rogar por los pecadores. Vayamos a María, que la tarde de los tiempos va cayendo, y ya casi es de noche.
¡Inmaculado corazón de María, sed la salvación mía!







