jueves, 14 de marzo de 2019

El santo de lo cotidiano


Foto del Museo del Prado.


Según van pasando los años, va creciendo en mi la devoción al santo patriarca. En nuestro mundo ruidoso, tan ávido de protagonismo, que nos pretende generar tantas necesidades por cosas tan pequeñas, baratas y sucias; tan tendente a aislarnos, a generarnos el problema para luego presumir de ser la solución, san José se convierte en un signo de contradicción. Él lo tuvo todo, se movió en medio del misterio de la salvación, en un Dios-con-nosotros real y tangible; pero el mundo dice que no tuvo nada. Pobre, sin protagonismo, virgen, muerto antes del éxito-fracaso de su hijo... no es nada para la humanidad avarienta de cualquier tiempo pasado o presente.

Mientras comenzaba a escribir estas palabrejas sobre el santo patriarca, me ha venido al corazón estas palabras del evangelio:
¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado? Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer" Lc 17, 9-10
Me gusta contemplar estas palabras de Cristo aplicadas a su padre, tal vez aprendidas en el ejemplo silencioso de José. El buen siervo que se marcha silencioso, que espera en el seno de Abrahám la victoria de su Hijo, que entra en el paraíso con Él en la noche santa de la Pascua. 

El santo Patriarca también nos ayuda a vivir la Cuaresma. Con su ejemplo, su silencio, su desprendimiento, su confiarse a lo aparentemente pequeño del día a día, cumple con la voluntad del Padre y goza de su presencia. ¡Qué lejos estamos de vivir la fe como él la vivió! Que él nos ayude a ser más de Jesús, completamente suyos, cada día y cada hora de nuestra existencia. 

martes, 5 de marzo de 2019

A la puerta del sepulcro


"Noli me tangere" Pedro Nuñez del Valle.
Museo del Prado. Madrid.


Aunque mi sensibilidad se suele dejar llevar por los tiempos litúrgicos, en ocasiones da estos saltos inesperados. La mente y el corazón se dejan llevar por una imagen, una escena, una oración... En vísperas de la Cuaresma, me dejo llevar a la escena del jardín, con la Magdalena llorosa, rota, derrotada, al borde de la locura, pero fiel, vigilante, presente. ¿Y Cristo? Cristo esperando, a punto de salirle al encuentro, tal vez gozándose de que aquella mujer pecadora, le sea fiel hasta el final, aunque ya no se tenga en pie, tan vaciada de sí misma.

¿Y por qué anda mi imaginación por esto lares? Varios motivos me han llevado a ello. Hace unos días leía el pasaje de la bodas de Canán:

Su madre dice a los sirvientes: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 5)

Las notas de pie de página, nos remite a un pasaje del Éxodo, donde nos relata la teofonía en la montaña del Sinaí. Dios va a manifestarse de forma gloriosa, ha liberado a su pueblo y va a establecer su alianza con el Decálogo. El pueblo proclamará "Haremos todo cuanto ha dicho el Señor" (Ex 19, 8). Otra vez esas palabras que ojalá dijéramos con el corazón y las lleváramos a la práctica: haremos lo que nos diga el Señor. Pero lo que me llamó la atención fue las instrucciones que Dios va a dar a su pueblo para manifestarse: "al tercer día, al amanecer" (Ex 19, 16) (y nos vamos metiendo en la resurrección...). Antes el Señor le ha pedido a Moisés que prepare a su pueblo, que limpien sus ropas, que no toquen a ninguna mujer, que se purifiquen. Y otra cosa: "guardaos de subir a la montaña o de tocar su borde" ( Ex 19, 12). ¡No podía tocarse la montaña! Estaba consagrada a Dios, y Él estaba descendiendo a ella. Solo Moisés y Aarón podrán subir al monte, el pueblo deberá quedarse abajo. Y ahí dí el salto: ¡Noli me tangere! Las palabras en latín que Cristo va a decir a la Magdalena en la mañana de Pascua, hoy traducidas como "No me retengas" (Jn 20, 17). Si en el Éxodo Dios se manifiesta terrible, con "humo (que) se elevaba como el de un horno y la montaña temblaba con violencia"(Ex 19, 18), con "truenos y relámpagos" (Ex 19, 16); en la mañana apacible de la Pascua, el Dios humanado, el verbo hecho carne, se manifiesta como el maestro que sale al encuentro de la mujer rota, perdonada y fiel, la única que ha permanecido a la puerta del sepulcro. El Éxodo es imagen, sombra de aquello que nos cuenta el Evangelio. La manifestación última de Dios, verdadera y definitiva, es ésta: Cristo victorioso que nos llama y que está entre nosotros. En ese día, al anochecer, enseñará a sus apóstoles las manos y el costado, donde sus llagas siguen abiertas, testigos de su Pasión y Muerte. ¡Benditas llagas que nos trajeron la salvación!



El Salvador, de hortelano. Tiziano. 
Museo del Prado.


Pero no solo la lectio de estos días me ha ayudado a persistir en esta imagen. La situación de la Iglesia es tan deplorable, que ningún católico puede sentirse al margen de la vergüenza y el dolor que cubre a nuestra madre. Verla tan herida, tan ensuciada, con el terrible pecado de los abusos sexuales y su encubrimiento, de la infidelidad del clero (del alto clero, altísimo clero), es desolador. Todo ello, impulsado desde las sombras con la estrategia de reducir a la esposa de Cristo a una amalgama de comunidades silenciadas, despojadas de la fe de los Apóstoles y convertidas en una ONG venida a menos. A ello también uno mis pecados personales, nuestros pecados, que nos hacen débiles y cobardes, huidizos ante estos tiempos temibles, que solo anuncian tiempos todavía peores ¿Y qué hacer? Redoblar la oración, hacer penitencia, reforzar nuestro compromiso cristiano, aprovechar bien la Cuaresma y la Semana Santa...

Pero al final, todo eso, es una pequeña parte, unos ejercicios dirigidos a fortalecernos. La mujer que esperaba a la puerta del sepulcro, sobre todo amaba, y cargaba con todo lo suyo. Estaba, aunque estuviera enloquecida, y esperaba. Amaba al hombre y Dios que era y es Jesucristo, el mismo de los relámpagos, los truenos y el humo del Sinaí, pero ahora humanado, con un rostro que nos ilumina a pesar de nuestros pecados, deficiencias, limitaciones (incluso delitos). Viene con nuestra liberación en la mano, con su definitiva victoria y nuestro consuelo. La Iglesia sigue a la puerta del sepulcro, aunque esté hoy más enloquecida, más sucia, más necesitada de perdón que la Magdalena. Y al inicio de esta Cuaresma, yo también quiero estar ahí con ellas, tan sucio, tan enloquecido, tan débil, tan triste, tan desnortado, esperando a que el Señor salga y se me escape del corazón... "Maestro"...